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Iniesta alumbra Toulouse

14 de junio de 2016

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Un soberbio pase de Andrés permitió a Piqué cabecear a los 86’ el gol del triunfo (1-0) sobre la República Checa. Enormemente superior a su rival, España mereció un resultado mucho más amplio, que solo evitó el veterano Cech

La cuestión, se cuenta y para eso se cuenta, es empezar bien. Cuando uno lo consigue logra muchas cosas, además de los tres puntos de la victoria: deja en situación muy delicada al vencido, refuerza la moral del que se impone, aplaca los nervios y reduce las angustias, elimina las bilis y los cálculos vesicales, aporta moral, alegría y confianza. Cuando uno gana en partidos de estas características, como el de España ante la República Checa en Toulouse, ni los más agoreros, que los hay, son capaces de restarle importancia al suceso. Todo es alegría. Todo es seguridad en el futuro. 

Como cualquier otro de los participantes en la EURO 2016, España necesitaba un triunfo para encarar la fase de grupos sin tener que sufrir apremios mayores a partir de su paso por Toulouse, ni sentir la soga en el cuello, ni tener que mirar de reojo a lo que suceda en otros partidos, que vaya usted a saber qué ocurrirá. Una victoria, en fin, que despejase el camino hacia octavos y, de paso, hiciese olvidar el descalabro ante Georgia, por fortuna, premonitorio de nada.

El partido no era  fácil. Será que ya no los hay. Pero todo pudo haberse aclarado a los 16’ cuando, fruto de un largo dominio, el campeón enhebró su primera excelente jugada de ataque. Entró Silva por la derecha y su centro, a bocajarro, se lo tapó el veterano Cech al joven Morata. Hasta esos instantes, España, que se había sacudido un ligero dominio checo en los primeros instantes de juego, mantenía las constantes que todos conocemos, es decir, mucho toque de balón, menos profundidad y la búsqueda reiterada de la mejor posición de remate a base de un, a veces, exceso de pases. Nolito perdió dos de ellas precisamente por eso.

 A los 28’, otra vez Álvaro Morata puso a prueba los valores del veterano guardameta checo Petr Cech, que sacó con la punta de un par de sus dedos un remate cruzado del delantero, que un cancerbero menos corpulento y talentoso quizás no habría podido desviar entre el jolgorio de los seguidores checos, que iban viendo paulatinamente como su equipo perdía metros de campo, tenía muchos más problemas que al principio para tapar a los volantes españoles y empezaba a sufrir un molesto asedio. España había tomado el campo y el balón, aunque sus baterías tampoco dieran demasiadas muestras de fortaleza. Pero como no es eso, precisamente, lo que nos caracteriza, tampoco había razón para rasgarse las vestiduras.

Al mando de Iniesta, que es el que más manda y así lo reconocieron los aficionados repitiendo su nombre, “¡Iniesta, Iniesta, Iniesta…!”, tras permitirse el manchego un lujo, tratando de superar al adelantado Cech, España se acomodó en el terreno en el último cuarto del primer tiempo, no sufrió sobresalto alguno y aunque machacada en los fueras de juego por el juez de tribuna, se fue al descanso comprensiblemente tranquila pues su superioridad iba a más, había disfrutado de media docena de acercamientos que aprovechar, pero no aprovechados y pendiente solo de dos cosas para la reanudación: mejorar el punto de mira y que Cech fuese menos Cech del Cech que todos habíamos visto y que conocemos. A segundos del final del primer tiempo, vimos, al fin, a De Gea, el hombre del pre partido y al que ni los dimes afectan ni debe ser supersticioso, parando un tirito lejano de un jugador checo. Sobre su fondo amarillo David lucía el “13”. ¿Qué habría dicho, Señor, Luis Aragonés de verlo ante semejante reto a la fortuna? Miedo da pensarlo.

La suma de las nuevas tecnologías al mundo del fútbol dejó bien claro lo que había sido la primera mitad. Empate sin goles, sí, pero 68 % de posesión de España. No convienen frivolidades ante esto de la posesión, no convienen. Una “delicatesen” de Iniesta al minuto de la reanudación, preludio de un par de graves situaciones de riesgo que los checos soportaron a trancas y barrancas, marcó el comienzo del  segundo período. Abrumada por el magisterio de Andrés, la República Checa reculó hasta más allá de su medio campo, lo fió todo a la solvencia de su guardameta o a algún pelotazo tan largo como afortunado y vio como una avalancha se le venía encima. Con mucha de su pólvora mojada, es cierto, pero ventolera a la postre.

El “13” de España, de amarillo completo, de nombre David y de primer apellido De Gea, que había aparecido a poco del descanso, además de en la foto de salida, claro, volvió a hacerlo providencialmente en el lanzamiento de una falta a los 55’, peligro sobre el que avisó Del Bosque sobre la banda. David se estiró cuando vio salir el remate de la bota de Krecji y lo atajó con firmeza. Él estaba allí para demostrar que puede defender la titularidad, que parece haber nacido hoy, 13 de junio de 2016, en Toulouse.

En busca de algo más de punch, y aunque el de España siempre había estado en los pies de Morata hasta ese momento, Del Bosque sentó a Álvaro y metió en el campo a Aduriz, buscando más respuestas por abajo, y poco más tarde a Thiago, más ofensivo que Cesc. El primer cambio coincidió con una inesperada reacción de los checos y algún bajón en el centro, que notó España.  No duró demasiado. A los 69’, Limbersky estuvo a punto de marcar en propia puerta. A los 72’, una larga jugada entre Iniesta, Aduriz y Silva la cerró el gran canario con un remate muy desviado. Una tijera fallida del ariete a punto estuvo de darle a España la ventaja que por superioridad abrumadora se merecía.

Pero la justicia llegó. Tarde, pero llegó. No pasa nada cuando eso sucede, tambores al viento. Y nació de pies de quien tenía que nacer, sin duda, clamorosamente el mejor jugador sobre el campo, el diminuto jugador de Fuentealbilla Andrés Iniesta, que después de un partido enorme y ya con síntomas de cansancio, se inventó desde la zona del interior izquierdo un centro primoroso, que espléndidamente cabeceó, echado hacia adelante como un “león”, Piqué. La angustiosa reacción checa permitió que viéramos otra vez a De Gea en plenitud y un hermoso gesto: Casillas fue el primero de los jugadores del banquillo en saltar al campo y aplaudir a sus compañeros.

España empezó bien. Y, señores, ya sabemos lo importante que es eso, de manera que aprovechémoslo.
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